LA SEDUCTORA

BARRA DE SAN JUAN

Para los porteños, «La Barra», es una especie de paseo clásico, para muchos del interior es uno de los lugares que hay que conocer para citar en las charlas de navegaciones off Paraná. Lo cierto es que el río San Juan, en su desembocadura, tiene atractivos como para ser visitado.

Barra se denomina a un banco formado en la embocadura de un río o arroyo, pero también se le llama barra a la desembocadura de un río. El San Juan posee, un banco que se proyecta hacia el Río de la Plata. Adivine por qué, correcta o equivocadamente, se le llama Barra de San Juan a la intersección de éste con el Río de la Plata.

Ubicado entre Colonia y Carmelo, sobre la orilla uruguaya, es puerto ineludible para una travesía Paraná Bravo - Nueva Palmira – Carmelo – Río San Juan – Colonia – cruce Río de la Plata – Luján - Paraná de las Palmas o viceversa, que se puede programar, tomando mínimas medidas de seguridad, con la familia y una pequeña nave.

Desde el agua, la barra es fácilmente identificable por una torre de 75 metros de altura, a cuyo pie se encuentran los restos de quien la construyera y le diera su nombre; Aarón de Anchorena.

Aarón, junto con su familia, poseyó una de las mayores fortunas del país y, tanto es así que Estanislao del Campo, en una parte del Fausto dice; «Si quiere plata, tendrá / Mi bolsa está siempre llena / Y más rico que Anchorena / con decir quiero, será.» Niño bien, un clásico dandy de su época, vivía en Buenos Aires y en Europa, según eligiera de acuerdo a sus gustos, a las fiestas o a sus placeres deportivos que repartía entre volar, correr carreras de automóviles, la caza mayor, caballos y otros menesteres. La primera carrera de autos realizada en Buenos aires en 1901,fue ganada por Aarón en su Pnahard Levassol de 8 HP a nafta, segundo llegó Marcelo T. de Alvear en un Locomobile a vapor.

Pero Aarón también navegaba y, eso probablemente fue el factor decisivo para determinar el lugar en que vivió y para levantar su torre en homenaje al navegante veneciano Sebastián Caboto.

Mientras su madre seguía acumulando* tierras, ganado y riquezas (algunas producto de las compras que su ex mayordomo Rosas compraba a bajo precio, ante el temor de sus propietarios a la indiada, y otras destinadas a financiar y a quedar libres luego de la «Conquista del Desierto») su preocupación era que Aarón sentara cabeza. Para ello le había prometido comprarle tierras en donde él dispusiera.Aarón prometía a su madre satisfacer su deseo, pero iba a elegir sus tierras desde el aire.

25 de diciembre de 1907, Estadio de Compañía de Gas La Sportiva. Aarón, en un globo aerostático traído de Europa, junto a un técnico francés, discutía con éste sobre la fuerza ascencional del gas de hulla con que estaban llenando el globo. Ante la negativa de volar si no era llenado con helio o hidrógeno, Aarón retira de la canastilla la valija del francés, la arroja a sus pies y pregunta si hay alguien que quiera acompañarlo;Jorge Newbery, Director de Alumbrado de la Municipalidad, dice: yo.

La idea era cruzar el río de la Plata y hacia allí lo empujan los vientos cuando se largan las amarras.

Sebastián Caboto, hijo de John Cabot descubridor de América del Norte, en 1526, a su llegada al Mar de Solís (hoy Río de la Plata), al no parecerle buen tenedero la isla San Gabriel, siguió hacia el Norte y tomó un riachuelo llamado de San Juan y, «hallándole muy hondable, metió dentro de él sus navíos».

El «Pampero», tal como temía el técnico francés, cruzó a duras penas el río y cuando llegó a la zona del río San Juan sus tripulantes, colgando de cabos, tocaron la tierra con sus pies, porque hasta la canastilla habían soltado para alijar peso y no caer en el agua. De regreso en Buenos Aires, su madre - Mercedes Castellanos – compró y le regaló 11.000 has., desde el arroyo San Pedro hasta el Río San Juan y desde el Río de la Plata hasta la actual ruta 21. Su hijo había elegido el lugar para asentarse.

Allí Aarón comenzó una tarea de ficción; contrató arquitectos, constructores, paisajistas, construyó máquinas para trasladar y plantar árboles adultos (parece ser que la paciencia no era uno de sus atributos), recorrió el mundo comprando especies exóticas vegetales y animales, esculturas (algunas orientales y sagradas) y todo cuanto se le ocurría y estaba de acuerdo a su gusto y voluntad, ya que problemas de dinero no tenía.

Materializó una reserva animal y coto de caza increíbles, jardines de fantasía, muelles, lagos, construcciones varias para explotación de la tierra, residencias, palacio, capilla para una eventual visita de su madre que era muy devota y una fantástica torre en homenaje a quien lo precedió en ese lugar, Sebastián Caboto.

Paralelamente, en Marsella o en la Costa Azul, su velero «Pampa» - una clásica goleta de velas áuricas – y posteriormente su crucero «Pampa II» - de 147 toneladas a vapor - recibían a toda la selecta corte de seguidores del «rey del ganado» en una sacrificada travesía - apoyada por cantantes, divas o estrellas del nuevo cine - de los que eran llamados «los peregrinos del placer».

Parece ser que Aarón también fue un buen navegante. Una crónica de la época escribía; «En un barco más apropiado para la navegación fluvial que para la marítima, el señor Anchorena salió, hace 32 días, de Le Havre y ancló, hoy en el puerto de destino. Tocó los puertos de Lisboa, Casablanca, Las Palmas, Vincent, Pernambuco, Río de Janeiro, Río Grande y, finalmente, Buenos Aires.»

La primera guerra mundial sería el punto final de esos años locos que han dejado historias que parecen cuentos de hadas, realidades que traspasan el absurdo y, para los que tienen la suerte de poder navegar, una gran torre para guiarse y un lugar en donde soñar con la existencia de otra clase de vida que, para mal o para bien, no es precisamente la nuestra y, mucho menos, la de la gran mayoría de los seres humanos que navegan, como pueden, su existencia en esta Argentina que ahora, aparece, para ellos, como menos generosa.

Hugo Luis Bonomo

* De 1830 a 1840, de 538 bajaron a 293 los propietarios que se repartían 8.600.000 has. Con la llegada del ferrocarril, $1 de tierra de 1836 eran $ 1.840 en 1927 (pesos oro y las mejores tierras del país). Los Anchorena tenían, hacia 1930, casi 400.000 has. solamente en Buenos Aires.

Durante Roca- se enajenaron 42 millones de has.- llegando a subastarse, en Londres, 400 leguas cuadradas, a $ 0,48 la ha.

(Fuente consultada: «AARON DE ANCHORENA Una vida privilegiada» de Napoleón Baccino Ponce de León – Prestado por Toto Ferrero)