Todo es posible en la dimensión digital
 

La animación y la popularización de la ciencia
Jorge Falcone (izq.), autor de esta nota, y el publicitario Santiago Ballesti, en el Instituto de Arte Cinematográfico de Avellaneda ambos están rodando  el cortometraje de stop motion "la conciencia de un genio" (1 min., 16 mm, color), basado en el aporte de Albert Einstein al proceso de fisión del átomoAnimando la ciencia
A la hora de intentar volverse accesible a un público masivo, la ciencia nunca dejó de recurrir al cine, y más aún al animado, dotado de innumerables recursos para amenizar la explicación más compleja. Así lo entendió Frank Capra cuando, durante la Segunda Gran Guerra, acudió a la factoría Disney para hacerse animar los mapas de Europa que daban cuenta de los avances del bando aliado, en el documental “Porqué luchamos”. A comienzos de los ’60, el padre de Mickey Mouse ya incluía en su programa televisivo “Disneylandia” capítulos enteros dedicados al quehacer que nos ocupa, tales como “Donald en el País de la Matemática”. Otro tanto ocurriría luego en países como la Nicaragua sandinista, que inventó el “Compa Clodomiro”, personaje animado de enorme popularidad encargado de promover campañas televisivas de alto impacto socio cultural, entre ellas, la prevención de la salud en el medio rural. Así como, en nuestro medio, uno de los primeros registros fílmicos fue una operación de quiste hidatídico en el porteño Hospital Posadas, el cine animado -de fuerte tradición local- cuenta entre sus experiencias más célebres con “El Libro Gordo de Petete” o los cortos de “Calculín”, ambos fruto del ingenio de Manuel García Ferré.

Ventajas de la era informática
Hoy no existe duda de que el escenario digital ensancha las fronteras de la creatividad y permite representar universos que parecían imponderables. Así como el hipertexto ha complejizado los modos de lectura tradicionales multiplicando posibilidades de digresión respecto de un texto dado (como ocurre con las líneas de tiempo que propone la Enciclopedia Encarta, de Microsoft), los usuarios de la nueva tecnología se enfrentan a una inédita ductilidad de las imágenes, que sin dejar de constituirse mediante numerosos puntos diminutos -como aquellos compuestos de sales de plata en la fotografía analógica- ahora están conformados por luz portadora de información (píxeles) y responden a la orden del software de ocasión con absoluta autonomía. Esto permite escanear La Gioconda de Da Vinci -por ejemplo- y borrarle la sonrisa con el Photoshop. Como si lo dicho fuera poco, se pueden puntualizar algunas ventajas propias de estas nuevas herramientas de última generación:

- Mayor economía de recursos: por ejemplo, hoy, un programa de animación 2 D -como el Flash- permite diseñar sólo el primer dibujo, el del medio, y el último de la secuencia de 24 que, hasta ahora, componían un segundo de animación. El software calculará los intermedios (que antes se resolvían artesanalmente) mediante el proceso de renderización.

- Mayor funcionalidad de los recursos: si durante la realización de “Fantasía” (1950) Disney obligaba a sus artesanos a descomponer imagen por imagen el estallido de un grumo de sémola para copiarlo -fase a fase- e imitar así la consistencia de la lava en erupción, los algoritmos matemáticos del presente nutren voluminosas bibliotecas de recursos -como aquéllos con los que cuenta el After Effects- que permiten, por ejemplo, trackear dos puntos equidistantes y unirlos por una línea de fuego (o el efecto que nuestra imaginación reclame). Los recursos de morphin aplicados durante las dos últimas décadas al cine fantástico (tentáculo de agua en “Abismo”, de James Cameron; o robot de metal líquido en “Terminator” II, del mismo autor) dan cuenta de las múltiples “transformaciones” posibles.

- Mayor iconicidad: la iconicidad es la capacidad de un signo de parecerse a lo que intenta representar. Así, una foto de Madonna se parece más a una mujer que una silueta femenina dibujada en la puerta de un toilette. Desde aquel Bisonte de Altamira pintado con ocho patas en la pared de una caverna, hasta el personaje animado en 3D para el largometraje “Final Fantasy” (que cuenta con 66.000 folículos pilosos, dilatación y humedad pupilar, y textura de piel escaneada de la humana), nuestra capacidad de representación está arribando a niveles asombrosos de mimesis, que atentan contra la posibilidad de discernimiento de los nuevos espectadores acerca de dónde termina lo real y comienza el artificio.

El impacto de los recursos consignados en el campo de la popularización de la ciencia ya viene dando jugosos frutos: durante la última década del siglo que pasó, España produjo la excelente enciclopedia televisiva “DidaVisión”, que explotó criteriosamente las nuevas herramientas infográficas para ilustrar temas como la naturaleza de la luz o la imprenta de tipos móviles. El Canal Cultural ViVe TV, de la Venezuela Bolivariana, cuenta con “Bugo, la hormiga”, personaje animado en 3D que oficia de anfitrión en programas alusivos a las maravillas de la naturaleza. En nuestro 1er. Festival CineCien conocimos al nanorobot animado por artistas argentinos para ilustrar el universo de las partículas subatómicas. Y en el Capítulo Argentino de su última edición tuvimos oportunidad de ver cómo cada vez más producciones apelan al pedagógico recurso de la animación -ahora digital- para sintetizar (“El toro por las astas”, de Susana Nieri) o ablandar explicaciones (“Mensajeros del Espacio”, Proyecto Pierre Auger).

Ante este panorama resulta sumamente auspicioso que, en un país -el nuestro- que se precia de haber dado a luz el primer largometraje de animación a nivel mundial (“El Apóstol”, Quirino Cristiani, 1917), el último 28 de octubre se haya conmemorado el Día Internacional de la Animación con el lanzamiento de la Asociación Argentina de Cine de Animación.

Resumen de la charla brindada el 05/12/06 por Jorge Falcone, del Área de Comunicación y Prensa de la Secretaría de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva de la Nación (SeCyT), en el Auditorio del Ceride, en el marco de la edición local del Capítulo Argentino de CineCien ‘06. Adaptó: Lic. Enrique A. Rabe (ACS/CONICET Santa Fe).

© CONICET/SANTA FE

<<<
Publicado el 18 de abril de 2007