PATRIMONIO: CONDICIÓN DE CALIDAD PARA EL FUTURO

Un área estratégica de la cultura en busca de su marco económico
Al fin de cuentas, es patrimonio toda la urdimbre misma que constituye la cultura. Del más cotidiano de los gestos a cualquiera de los monumentos levantados por nuestros predecesores, pasando por todas y cada una de las herramientas que se utilizaron y que usamos, un inabarcable repertorio de hechos y cosas son ya patrimonio.
El paso del tiempo, sin embargo, la selección imparable en la que memoria y vida material se hacen cómplices, hace que las decisiones políticas y prácticas sobre el patrimonio se enfrenten cada día a más dificultades. Decidir qué urge rescatar, restituir, reconstruir para que los ciudadanos actuales y del futuro cuenten con referencias claras de los resultados históricos que jalonan su propia identidad, es cada vez más complicado. Los costos del rescate y mantenimiento del patrimonio, en todas sus expresiones, enfrentan a las políticas culturales a una tarea abumadora.
Sin lugar a dudas, la principal urgencia estriba en conocer, siquiera sea desde la frialdad de los inventarios, a qué alcanza el patrimonio de cada una de nuestras sociedades. Sin ese paso previo ni siquiera es imaginable evitar con eficacia el expolio y la especulación. Pero para un segundo lugar en la lista de emergencia, desdichadamente son varias las perspectivas a manejar.
Por un lado, la recuperación física de bienes muebles e inmuebles, insertos en una diversidad de condiciones de conservación o abandono, climatología, o degradación material intrínseca, viene suponiendo desde hace décadas una selección obviamente dolorosa y, a cada paso, considerada insuficiente o poco equitativa. La prioridad genérica dada al patrimonio arquitectónico y a las artes plásticas, pugna, a cada paso, con el patrimonio documental, o el urbanístico o el artesanal, tensando, a veces, polémicas cuya base es sólo financiera.
Pero incluso la propia clarificación de qué compone el patrimonio, con la complejidad inherente al sector cultural, podría ser tomada como otra tarea impostergable. Especialmente si se toma en cuenta que la sensibilización ciudadana hacia su entorno, globalmente entendido, es una base imprescindible para cualquier política cultural viable. La conciencia de las personas acerca de qué elementos patrimoniales les rodean, sus riesgos y necesidades de buen uso y conservación, ha de convertirse en condición básica para que las actuaciones públicas y privadas tengan una mínima continuidad, por no hablar de su legitimidad.
En cualquier caso, resulta inevitable apelar a la exigencia de encontrar un marco económico suficiente para hacer posibles esas tareas: restaurar, reutilizar, divulgar y controlar el patrimonio histórico-cultural no sólo requiere de medios, sino también de un emplazamiento natural en nuestras economías.
Hasta el momento la principal valoración económica del patrimonio suele venir de la mano del sector turístico y, con menos atractivos, del propio uso socio-cultural. Parecería necesario, a tales efectos, una cabal evaluación de los impactos potenciales en materia de empleo, de saneamiento y revitalización urbanos y mejora de calidad de vida, de restitución de oficios artesanos, de recuperación de usos racionales de materias primas, incluso de diversificación de fuentes de renta, que el patrimonio debiera introducir en nuestras sociedades, no precisamente sobradas de alternativas.
Los esfuerzos que, en tales sentidos, vienen realizando organizaciones multilaterales, con UNESCO a la cabeza, pueden parecer insuficientes. En primer lugar quizá sea preciso ponderar la lenta sensibilización de los gobiernos a la hora de apoyar las iniciativas de las agencias. Pero también debe meditarse la escasa comunicación que nos llega sobre las oportunidades reales que esos programas internacionales efectivamente ofrecen. Dicha escasez de comunicación se agudiza por demás para municipios y regiones de países en vías de desarrollo, en tanto que entre sociedades industrializadas, el acceso a programas y fondos es más fluído.
A efectos iberoamericanos la cooperación tiene bastante que hacer al respecto, si bien el Foro de los Ministros de América Latina y el Caribe ya está sentando una base real de trabajo para ello. Es evidente que el SICLAC -Sistema de Información Cultural de América Latina y el Caribe-, en cuanto red estratégica de información cultural para la región, tiene como referente primordial de su abanico de objetivos al patrimonio. Sobre esa base es imaginable un cambio cualitativo en el concepto y tratamiento del entorno histórico-cultural que revierta en un futuro mejor de los ciudadanos.
INFORMACION PARA LA CULTURA IBEROAMERICANA
(C) CERIDE