10 de abril, Día del Investigador Científico

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El Dr. Alberto E. Cassano*, prestigioso científico local de relevancia internacional, reflexiona sobre el trabajo de investigación. La vocación, la libertad, la creatividad; las dificultades y las satisfacciones presentes en la actividad.

Dr. Alberto Cassano

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Me preguntan qué es ser un investigador, y la respuesta no es sencilla: depende del lugar geográfico y del contexto donde uno se desempeña.

No es lo mismo investigar en EE.UU. que en la Argentina, de la misma forma que es distinto hacerlo en el marco de una empresa, de un Laboratorio Nacional o de una Universidad.

Señalemos primero algunas de las diferencias para, luego, intentar buscar las características comunes.

Para comenzar, la investigación en los tiempos modernos es un trabajo, es decir, constituye una profesión. Esta tarea se puede hacer en un marco de alto reconocimiento social y económico, como sucede en el primero de los países nombrados, o rodeado de penurias por carencias de apoyos e infraestructura adecuada, como es el caso de la mayor parte de los lugares en que se hace este 'trabajo' en la Argentina. Se suman aquí, a las dificultades para tener acceso a la información y los medios apropiados para el desarrollo de la tarea, las incertidumbres asociadas con las dudas para saber si el salario alcanzará para que las necesidades familiares estén cubiertas hasta fin de mes. Obviamente, el estado de ánimo, por una parte, y el impulso vocacional, por la otra, no pueden en general ser los mismos.

La investigación en el seno de una empresa (que en la Argentina se da en muy escasa medida) suele tener mayores gratificaciones económicas, acompañadas de una paralela pérdida de libertad en la elección de los temas a estudiar y en los tiempos disponibles para hacerlo. En este contexto, priva principalmente el interés económico, y por otra parte, el robo de los 'secretos industriales' o el plagio de la tarea realizada por otro, no son penalizados (en algunos casos, ocurre lo contrario). En cambio, en los laboratorios nacionales, la presión por la rigidez temática es algo menor, así como los cronogramas tienen algo más de flexibilidad; en muchas ocasiones se trabaja en temas de interés nacional que, por el momento, tienen escaso atractivo económico como para ser abordados por la actividad privada. En las Universidades, por el contrario, prevalece la libertad académica; a los plazos los fija el propio director del trabajo y, lo que en mi opinión es la gran ventaja, se está más frecuentemente en permanente contacto con gente muy joven que aporta sus nuevas ideas las que, en muchos casos, son de extrema utilidad. Este tipo de realimentación positiva se da con el máximo de efectividad sólo en el marco de las Universidades con sus planes de doctorado, y aun, en algunos casos especiales, en las actividades de grado.

¿Tienen algo en común estas diferentes formas de la actividad investigativa? Por supuesto que sí. No existe investigación sin creatividad, y en especial, la creatividad para este tipo de tareas, que no es la misma que la necesaria para ser un poeta, un novelista o un eximio jugador de tenis. Poseerlas, a cualquiera de ellas, es un fantástico don de la naturaleza, pero no son iguales. Investigación sin creatividad es mera recolección y acumulación de datos, tarea muy útil y necesaria, como la que realiza el Observatorio Meteorológico Nacional, pero que no puede ser confundida con la búsqueda de nuevos conocimientos o la producción de nuevos desarrollos tecnológicos. Para ello es conveniente definir lo que se entiende por creatividad investigativa: es la virtud de ver un problema donde nadie antes pensó que existía, y es la aptitud para resolver un problema cuando nadie antes había podido encontrar la solución. Estoy empleando aquí el término problema en el sentido lato, de modo que no me estoy refiriendo sólo a las ciencias denominadas 'duras'.
Al mismo tiempo, siempre he pensado que las diferentes formas de la creatividad, en otras áreas de actividad, tienen mucho en común. En primer lugar, se requiere vocación tanto para ser investigador, como poeta o buen tenista. Sin ella no se alcanzan las metas, y si no, como mínimo, la labor se puede tornar muy aburrida. En segundo lugar, normalmente se necesita un cierto espíritu de sacrificio. Con la excepción de los genios, que no abundan, difícilmente un investigador triunfe en sus objetivos trabajando ocho horas diarias cinco días a la semana. Las quejas de mi familia son el vivo testimonio de esta realidad. Investigación es diez por ciento de inspiración y noventa por ciento de transpiración. En tercer lugar, comparten la satisfacción del logro alcanzado. Siempre pensé, cuando terminé de escribir los resultados de un trabajo que me pareció bueno, que estaba sintiendo la misma sensación que la que muy posiblemente experimenta un basquetbolista cuando convierte un doble con elegancia y en medio de una gran oposición. Con muy distintas escalas de retribución, todos están recibiendo una paga por hacer algo que les gusta. Esto es más común con muchas otras profesiones, pero ciertamente no lo es con una gran mayoría de las tareas laborales de un gran sector de la población.
Igualmente, los investigadores tienen otro punto en común con otro tipo de creativos: los artistas de cine o de teatro. A estos últimos les preocupa hasta el orden en que figuran sus nombres en las marquesinas de los teatros o en el encabezamiento de las películas. A los científicos no les deja de preocupar la forma como figuran en el listado de autores de las publicaciones de los resultados de sus estudios. Y ¡guay! de haber trabajado y no aparecer.

En la Argentina, aun los investigadores exitosos tienen, sin embargo, una diferencia con los novelistas o deportistas que han alcanzado equivalentes niveles de reconocimiento profesional. Para dedicarse a la investigación, lamentablemente, se tiene que estar dispuesto a pagar el altísimo impuesto de recibir una mala retribución con el objeto de cumplir con la vocación de hacer lo que a uno le gusta. En otras palabras, algo del espíritu de un faquir tiene que estar acompañando el momento de la decisión de dedicarse a esta profesión. Y esa es la ventaja que tenemos sobre los países desarrollados: somos capaces de competir en calidad de resultados, aun cuando trabajemos en condiciones muy adversas. Y por esto, felicito hoy a todos mis colegas.

(*) Investigador Superior del Conicet, Director del Instituto de Desarrollo Tecnológico para la Industria Química (Intec / Conicet / UNL) -sito en Güemes 3450 de nuestra ciudad- y profesor titular de la UNL.

El Día del Investigador Científico se instituyó en memoria del Dr. Bernardo A. Houssay (10/4/1887-22/9/1971), primer Premio Nobel de Medicina y Fisiología (1947) de nuestro país y de América Latina. Seleccionó: Lic. Enrique A. Rabe (ACS / Ceride).

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publicado el 10 de marzo de 2004