De acuerdo con los investigadores, la determinación del sexo en un cadáver cumple una función social pues aporta las pruebas necesarias para saber quién era y qué hacía la persona fallecida.
Desde la literatura
Los libros nos cuentan que Hamlet, uno de los personajes trágicos creados por el inglés William Shakespeare (1564-1616), destrozado por el dolor, tomó en sus manos el cráneo de su padre asesinado y entabló con él un diálogo, con la esperanza de que le contara la verdad acerca de su muerte.
Actualmente, Hamlet ya no vive en los castillos de Jutlandia (antiguo nombre de Dinamarca); ahora lo hace en los Institutos de Medicina Legal de las grandes ciudades del mundo. Sin embargo, sigue siendo una persona que, a diario, "conversa" con la muerte, tratando de saber, a ciencia cierta, quién era o qué hacía en vida ese esqueleto que ahora se encuentra frente a él, depositado sobre la mesa de una morgue.
En la vida práctica
"El desentierro de un cadáver debe hacerse con la misma minuciosidad que la búsqueda hecha en el lugar de un delito". Ésta es la primera advertencia que se hace a los investigadores, arqueólogos o antropólogos forenses cuando se realiza una exhumación, es decir, el desentierro de un cadáver. Pero, después de realizada la excavación y de terminado el proceso de recolección de evidencias, ¿cuáles son las características que permiten establecer a quién corresponde el esqueleto?; ¿cómo se puede determinar su sexo?
Este último caso remite al delicado trabajo de identificación de los N.N., estudios en los cuales la determinación del sexo es primordial. En los esqueletos, el grado de robusticidad se emplea en calidad de rasgo sexual diferenciador: esto se refiere a la forma en que el músculo se adhiere al hueso, al tamaño craneal, al espesor de la capa exterior del cerebro y al peso óseo.
Según los antropólogos especializados en estas pericias, las citadas características están determinadas por la actividad biomecánica de las personas, es decir, lo que haya realizado durante su vida. Por ejemplo, aunque el aspecto general del esqueleto femenino es más débil y delicado que el del hombre, si una mujer ha realizado trabajos que aumenten su fuerza, como levantar cosas muy pesadas, posiblemente su esqueleto será fácilmente confundible con uno masculino.
¿Varón o mujer?
El sexo puede determinarse mediante el estudio del cráneo y de la pelvis. Con relación al primero, se analizan el tamaño y aspecto general; en los hombres es más grande, robusto y con inserciones musculares fuertes; en las mujeres es delgado y de líneas suaves.
El mentón es grueso y cuadrado en los hombres; en las mujeres, delgado y puntiagudo. El paladar es largo y ancho en los hombres, mientras que en las mujeres es pequeño y angosto. Finalmente, los pómulos son más sobresalientes y gruesos en los hombres.
También se encuentran diferencias en los arcos de las cejas, llamados también arcos superciliares, más prominentes en los hombres y más verticales en las mujeres.
Las cavidades óseas de los ojos son de forma cuadrangular y de borde grueso en los hombres; ovaladas y de borde agudo en las mujeres.
Por otro lado, la pelvis adulta es el mejor indicador del sexo. En la adolescencia, la pelvis femenina se ensancha como una medida de preparación para el parto, alterando la forma y el tamaño de muchas de sus partes.
Según los científicos, la determinación de los partos en la pelvis femenina es de vital importancia en los procesos de identificación utilizados. Hasta la adolescencia, la cintura pélvica presenta el mismo tamaño en muchachos y niñas. En estado adulto, la pelvis masculina es básicamente una continuidad de la forma juvenil.
Si bien es cierto que la muerte aún calla muchos secretos, también lo es que éstos son cada vez menos, y que la fría sonrisa de un esqueleto puede decir mucho más que mil palabras.
Selección y adaptación: Lic. Enrique A. Rabe –Área de Comunicación Social del Ceride-.
Agencia Universitaria de Periodismo Científico – CERIDE