EL IMPERIO DEL CONOCIMIENTO
Desde comienzos de la década del ochenta, los sectores de avanzada en ciencia y tecnología -el complejo teleinformático, los nuevos materiales, la biotecnología- han permitido la consolidación de un nuevo modelo de producción y administración económica y social, que cierra el ciclo histórico de la Revolución Industrial (RI) y transforma drásticamente el concepto y las características del trabajo, así como la dinámica del mercado mundial, con fuertes impactos sobre el empleo y la organización de las sociedades.
El modelo emergido
En el modelo tecnológico emergente se reformulan las condiciones laborales típicas de la etapa madura de la RI en diversos aspectos, lo cual impone definiciones político-culturales de base, que marcarán el rumbo de los procesos económicos y sociales y el destino de las distintas naciones, planteando inéditos desafíos en los umbrales del siglo XXI. En rasgos muy gruesos, es posible agrupar los impactos de la Revolución Científico-Técnica sobre el trabajo y el empleo en tres áreas principales:
  1. Las actuales tecnologías de punta producen un salto cualitativo, en eficiencia, productividad, velocidad y calidad de los procesos, que significan un hito irreversible en los esquemas de producción y en los servicios, estableciendo el imperativo de incorporarlas como elementos esenciales para el desarrollo económico y social. Ya se ha señalado que sus potencialidades equivalen a las del ferrocarril frente a las carretas y diligencias: antes o después deben ser utilizadas en las áreas más dinámicas de la economía, de lo contrario se corre el riesgo de afrontar desventajas insostenibles.
  2. No obstante, las formas específicas de la reconversión tecnológica y las modalidades de inserción de los trabajadores varían sensiblemente en función de las concepciones y los valores políticos y culturales predominantes en cada país, dando lugar al diseño de diferentes modelos de sociedad y Estado: el contraste entre el Japón y los Estados Unidos es un ejemplo revelador.
  3. Las nuevas tecnologías tienden a cerrar la brecha entre trabajo manual e intelectual, que caracteriza a los anteriores modos históricos de producción. Se calcula que, en no más de 10 años, el 95% de las tareas normales de una sociedad requerirán un mínimo de educación de diez a doce años, con un promedio de ocho horas diarias de estudio.
  4. Debe tenerse en cuenta que, por ejemplo, los barrenderos no utilizarán los tradicionales escobillones de mano, sino vehículos con minicomputadoras que les permitirán informar al centro de inteligencia respectivo la existencia de troncos que obstruyen calles, caños rotos, o similares, para una rápida evaluación del estado de la ciudad. En el campo de la industria, los trabajadores ya no son aquellos de overol del film Tiempos Modernos, sino técnicos que manejan o controlan instrumentos automatizados como robots, computadoras, sistemas de diseño o bancos de datos, lo cual requiere una calificación de nuevo tipo, que vuelve anacrónicas las tradicionales habilidades de los obreros especializados. Igualmente, la división técnica del trabajo, que Taylor fundamentara científicamente hacia fines del siglo pasado, ha sido reformulada en un sentido prácticamente inverso al que primara desde entonces. Si en el taylorismo cada persona era más eficiente repitiendo una infinita cantidad de veces la misma actividad -sin tener una visión del conjunto del proceso de trabajo-, en los sistemas flexibles todos los trabajadores necesitan conocer la dinámica global de ese proceso, como condición de eficiencia para potenciar su actividad. En este sentido, los círculos de calidad -una de las manifestaciones de avanzada en la organización del trabajo- suponen la articulación de grupos donde participan, por ejemplo, diseñadores, ingenieros, trabajadores de taller, y promueven una acción y un pensamiento colectivos capaces de enriquecer la creatividad, la imaginación y los aportes de sus integrantes para hacer más eficiente el rendimiento de cada uno de ellos. Los sistemas automatizados demandan una capacitación polivalente, para cubrir un amplio espectro de funciones, con una sólida formación de base que pueda ser reorientada hacia nuevas especializaciones ante la celeridad de los cambios tecnológicos. Pero también demandan ductilidad para integrarse en el trabajo grupal y disposición a cooperar y alimentar la solidaridad del equipo; donde el personalismo y la competencia individualista son cada vez más disfuncionales. Así, en los esquemas industriales y de servicio tienden a desaparecer el trabajo manual y el esfuerzo físico, para ser reemplazado por trabajadores de creciente preparación intelectual, con una formación integral que les permita afrontar diversas tareas propias y de equipo.
  5. Tal vez el impacto de mayor contundencia de la Revolución Tecnológica en curso es la disminución en los requerimientos de tiempos de trabajo y en la participación del factor humano en la composición orgánica del capital. Se calcula que, en diversos ámbitos (industria, administración, servicios generales y financieros, medios de comunicación e información, minería, sector agropecuario, etc.), es posible desarrollar normalmente las tareas con un promedio de tiempo de trabajo necesario inferior en un 75% al que demandaba la etapa madura de la RI hacia fines de los años '70.
Esto supone alternativas de carácter civilizatorio, ya que, de la forma en que se resuelva tal disminución, dependerá la futura estructuración de las sociedades y su ingreso en el siglo XXI. Es posible afirmar que, en términos polares, existen al respecto dos opciones: o se tiende a un desplazamiento del 75% de los antiguos trabajadores, generando una desocupación y marginalidad social sin retorno, o se tiende a una recalificación -en gran escala- de la mano de obra, que permita ir reemplazando el tiempo por la calidad de trabajo, con tendencia hacia un descenso sistemático de la jornada laboral. Si el problema puede resolverse, jornada laboral futura de 20 hs. semanales Cuando la RI comenzó a extenderse, a comienzos del siglo XIX, se plantearon opciones similares. Las ideas político-económicas del liberalismo manchesteriano, dominantes en la reconversión tecnológica de esa época, generaron en Europa una masa de excluidos y desocupados -una población excedente absoluta- de entre 400 y 500 millones de personas en 100 años. Esa fue la base de las migraciones masivas hacia ultramar y de la "carne de cañón" en las guerras europeas, o en los procesos de expansión colonial. Recién en la segunda mitad del decenio de 1930, y en particular, luego de la Segunda Guerra, los Estados keynesianos y los sistemas fordistas de producción y organización económico-social impulsarían políticas de pleno empleo, con aumento de los salarios reales y disminución del tiempo de trabajo: si al finalizar el siglo XIX la jornada semanal era de aproximadamente 72 horas, a mediados de este siglo había descendido a 40 horas. Las condiciones históricas actuales presentan la posibilidad de generar una población excedente absoluta mundial superior a los 4000 millones de personas, o impensados modos de reintegración social, con una jornada semanal promedio no mayor a 20 horas, y con un incremento sustancial en la calidad de ese trabajo.

Pensamiento Científico, Félix G. Schuster; Prociencia/CONICET/Ministerio de Cultura y Educación de la Nación.
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