RED EUROPEA DE INFORMACION MICROBIANA


Las colecciones de microorganismos de los países europeos se unieron, hace pocos años, en un proyecto común: la creación de una base de datos internacional que recogiera toda la información sobre el número, la caracterización y las aplicaciones de estos seres microscópicos, cada día más útiles y necesarios no sólo en la actividad científica sino en los procesos industriales.

Los microorganismos se han convertido, en los últimos años en útiles herramientas de trabajo y estudio para el desarrollo científico.

Su potencial uso industrial, su contribución al conocimiento de las enfermedades y el reciente auge de las técnicas biotecnológicas han hecho de estos seres microscópicos verdaderos protagonistas del laboratorio, entre otras razones, gracias a su extremadamente fácil reproducción, que ocurre en condiciones sencillas y económicas. La famosa bacteria escherichia coli ha servido, en numerosas ocasiones, para poner a punto técnicas bioquímicas y genéticas que no se hubieran siquiera soñado con otros seres vivientes.

Pero de la enorme riqueza microbiana nace también la dificultad de su conocimiento. Caracterizar e identificar una bacteria, por ejemplo, teniendo en cuenta el gran número de especies que existen, es un trabajo minucioso que requiere no sólo una exacta descripción morfológica sino también un examen bioquímico y fisiológico que proporcione a los microbiólogos la auténtica seguridad de cuál es la cepa con la que están tratando en cada caso. Mientras que en los demás seres vivos el nombre del género y el de la especie ofrecen ya la suficiente información para identificar el ejemplar, en el caso de los microorganismos existe una gran especificidad, lo que complica el trabajo del investigador cuando necesita un determinado ejemplar para realizar su trabajo.

La idea de hacer una colección de microorganismos y ponerla a disposición de la comunidad científica surgió hace ya casi un siglo, en 1900, en la ex-Checoslovaquia (hoy República Checa). Desde entonces las colecciones se han multiplicado y hoy existen en numerosos países, incluído España. Todas ellas se dedican a recoger, mantener y suministrar los microbios a quien los solicite y también, en ocasiones, actúan de "guardería" de otros microorganismos que no pertenecen a la colección. Su importancia se acrecienta cada día ya que el depósito de una cepa microbiana en una colección es hoy obligatorio cuando se descubre una nueva especie, o cuando se solicita una patente de un determinado proceso industrial (obtención de antibióticos, por ejemplo) en el que interviene algún microorganismo.

El auge de la biotecnología y el creciente interés de los especialistas para conocer dónde se encuentra cada cepa microbiana ha suscitado también la atención de diversos organismos e instituciones. La Comisión de las Comunidades Europeas puso en marcha el proyecto MINE (Microbial Information Network Europe, o, Red de Información Microbiana Europea) para armonizar e informatizar los datos de las 150.000 cepas de microorganismos existentes en las colecciones europeas. Los datos de cada colección se introducen en computadoras con arreglo a un formato común y se envían a los centros encargados de integrarlos según sea el tipo de microorganismo: bacteria, hongo, levadura o plásmido. Cada uno de los centros manda toda la información a un ordenador (o computadora) central, donde quedará registrado finalmente el contenido de esta gran colección europea, que podrá competir, sin duda, con la mejor y más conocida, la ATCC (American Type Culture Collection, o, Colección de Cultivo de Tipo Estadounidense). El proyecto pretende añadir, además, células animales, virus de animales, células vegetales, virus de plantas y protozoos, especies ahora poco cultivadas porque resultan difíciles de mantener.

Las colecciones deben guardar las cepas microbianas en condiciones inalterables indefinidamente; para ello es posible aplicar varios métodos distintos, aunque no existe ninguno ideal en todos los casos. Los microorganismos se pueden mantener vivos, pero hay que realizar transferencias periódicas a medios de cultivo frescos ya que, con el paso del tiempo, se acumulan materiales tóxicos que pueden resultar peligrosos para las células. Por otra parte, como los microbios permanecen vivos, aunque con su metabolismo reducido porque se almacenan a bajas temperaturas (4ø C), pueden perder algunas de sus propiedades y, sobre todo, modificar sus características genéticas por aparición de mutaciones.

Otro método que puede aplicarse es la liofilización, que consiste en deshidratar las células y guardarlas en recipientes cerrados herméticamente. Así pueden conservarse durante años y en la práctica resulta un método ideal porque no produce modificación alguna. Pero algunas especies, en general las más evolucionadas, no resisten esta técnica de conservación. Se puede recurrir entonces a un tercer sistema: la congelación, que implica mantener los microbios a temperaturas de 135 øC bajo cero mediante, por ejemplo, la inmersión de los recipientes en nitrógeno líquido. A esta temperatura, el metabolismo está virtualmente anulado, por lo que se garantiza la estabilidad genética. Sin embargo, algunas cepas quedan irreversiblemente dañadas.

Cada colección recoge la información de sus células en un catálogo, incluyendo características morfológicas y fisiológicas y algunas propiedades muy peculiares, como la producción de metabolitos secundarios (antibióticos), enzimas, ácidos orgánicos o aminoácidos. Todo ello ha incrementado notablemente los datos almacenados, ya que en la actualidad, y en aras de la eficacia y de la velocidad científica e industrial, poder acceder con rapidez y exactitud a las fuentes de suministro es una necesidad acuciante. A pesar de la extrema dificultad que conlleva la unificación de los datos, el proyecto supondrá una solución definitiva para el mejor funcionamiento de la ciencia, la industria y la investigación.


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