España: la relación
Pymes-ciencia y tecnología
Todos están de acuerdo en que se ha avanzado mucho en el
terreno científico, pero muy poco en conseguir que los resultados de la investigación
sean aprovechados de forma rentable por las empresas españolas.
Punto de partida
Lo expresado es la primera y más evidente conclusión que -desde el privilegiado
observatorio que me brinda la dirección de una obra como ésta, el Anuario de Ciencia y
Tecnología en 1999- se obtiene sobre el clima de opinión reinante entre los
protagonistas de la ciencia y la tecnología en España. Hay discrepancias sobre las
causas del problema y la forma de resolverlo, pero la unanimidad es prácticamente total a
la hora de identificarlo.
Una situación así brinda un punto de partida sólido cuando de plantear una política
científica y tecnológica para el país se trata. Parece claro que el hacer buena ciencia
en España es una meta ya razonablemente cumplida. Por lo tanto, parece lógico que los
esfuerzos debieran centrarse ahora en la parte del sistema que todavía no funciona
adecuadamente: la capacidad de generar innovación rentable.
Pero ello no es fácil. Entre otras cosas, porque en esa tarea son protagonistas las
empresas, y éstas -se diga lo que se diga- tienen unas prioridades y una cultura muy
distintas a las imperantes en el llamado sistema ciencia-tecnología. Conviene recordar
que dentro de dicho sistema la generación de ciencia, tecnología e innovación es el fin
último, pero en las empresas no es así. Ya podemos insistir desde todos los púlpitos
sobre la necesidad de la innovación como elemento estratégico, amenazando con las
tinieblas a quienes no se sumen, que las empresas -en especial las Pymes- seguirán
teniendo que resolver muchos otros problemas, algunos muy acuciantes, para sobrevivir.
Mundos diferentes
A esta realidad económica se suma otra de tipo cultural. El mundo empresarial es diverso,
heterogéneo, variopinto y sin ninguna normalización, tanto como lo son individualmente
los empresarios, colectivo que incluye a gente de todas las clases sociales y condiciones
culturales, y que no tiene ningún tipo de acceso normalizado a la profesión. Por eso, y
salvo ciertos elementos muy concretos y determinados por el propio trabajo, los referentes
culturales del empresariado son los globales de la sociedad. Situación muy distinta a la
del homogéneo y normalizado mundo cultural de los integrantes del sistema
ciencia-tecnología, formado preferentemente por universitarios, académicos, docentes y
funcionarios que han pasado por procesos formativos muy semejantes y tienen una clara
cultura grupal.
La relación entre ambos mundos, por lo tanto, no es fácil. Tanto que sería razonable
preguntarse hasta dónde es posible la integración real de las empresas dentro del
sistema en base a paternalismos y despotismos ilustrados, como vienen intentando, sin
demasiado éxito, las Administraciones de toda Europa. Sin ir más lejos, el nuevo nombre
dado al sistema ciencia-tecnología español, que ha pasado a llamarse en los documentos
oficiales sistema ciencia-tecnología-empresa, no parece ser mucho más que una
declaración de buenas intenciones.
Lo anterior no quiere decir que los esfuerzos directos sobre las empresas sean vanos;
sucede que, además de esa política de acción directa, sería conveniente añadir otra,
a más largo plazo, que actuase sobre la sociedad en su conjunto. Los empresarios están
inmersos en la cultura de la sociedad, e innovarán (o no) de acuerdo a cuál sea la
actitud de dicha sociedad hacia la ciencia, la tecnología y la innovación. Todo parece
indicar que la capacidad innovadora del empresariado de los Estados Unidos de
Norteamérica no se debe al nivel científico de su país, sino a la actitud social al
respecto; no cabe duda de que en Japón la innovación industrial precedió a la actividad
científica, y el caso europeo -mucha ciencia y poca innovación rentable- es la otra cara
de la moneda.
En resumen, salvando casos extremos de subdesarrollo, innovan los empresarios cuya cultura
y coyuntura les empuja a hacerlo, independientemente del desarrollo del sistema
científico y tecnológico formal de su país.
Y por eso es difícil que las empresas se conviertan en "locomotoras" sólo a
golpe de créditos blandos, desgravaciones fiscales o su honorífica inclusión en el
nombre del sistema, aunque todo esto sea, sin duda, positivo y consiga algunos resultados.
Educación, medios, divulgación
Probablemente, la solución tenga mucho más que ver con una acción global sobre la
sociedad en su conjunto, y con la creación, tan lenta y trabajosa como necesaria, de una
cultura social diferente respecto a la ciencia, la tecnología y la innovación.
El cambio de los patrones culturales es lento, y sólo se puede influir en él en cierta
medida, pero todo éxito en ese terreno tendrá una enorme repercusión y un efecto
prolongado. Por eso es tan importante, a mi modo de ver, el papel que se otorgue a la
ciencia y la tecnología en la educación y en los mensajes de los medios de
comunicación, considerando éstos en su sentido más amplio, es decir, no sólo los
informativos sino incluyendo los dedicados al entretenimiento y el ocio.
El sistema ciencia-tecnología-etcétera sólo será algo más que "eso" el día
que la sociedad incluya la ciencia y la tecnología dentro de sus patrones culturales,
pero no como un fenómeno externo y casi mítico, sino como algo cotidiano y necesario. Y
para ello el periodismo científico y tecnológico, así como la divulgación, deben jugar
un importante papel.
Por Santiago Graiño Knobel, Director de "Ciencia y Tecnología en 1999";
Anuario 2000 de la Asociación Española de Periodismo Científico (Aepc).
Selección y adaptación: Lic. Enrique A. Rabe -Area de Comunicación Social del Centro
Regional de Investigación y Desarrollo de Santa Fe (Ceride), dependiente del Consejo
Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet)-.
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