RECICLAR ACTITUDES (*)

Dicen los ambientalistas, por activa y por pasiva, que uno de los mayores problemas sociales con que nos encontramos, a mediano y largo plazo, es la masiva producción de residuos de todas clases. Se atreven algunos, incluso, a sostener que los residuos no son sino exponentes de un modelo de vida cuyas contradicciones, soterradas y escondidas en su propia vergüenza, afloran aquí y allá.
¡Basta de esconder!
Mientras todo ello sucede, los mortales nos apresuramos a esconder de nuevo escombros, chatarras y basuras en general, bajo mil y una formas de recuperación o reciclaje, posibles o no tan posibles, en un alarde cada vez mayor de imaginación, y en la creencia de que así resolveremos una cuestión tan compleja.
Frente a esta situación en espiral, es necesario reflexionar acerca del problema real que los residuos representan, y de su dimensión moral: cuáles han de ser nuestras renuncias de hoy para no inaugurar un nuevo vertedero mañana.
El problema moral nos hace conectar, precisamente, con la cuestión de los valores, y de las actitudes ligadas a ellos. De ahí la importancia enorme de reciclar, además de los cartones, las pilas y los escombros de nuestro más inmediato paisaje, nuestras propias actitudes, como paso definitivo y como exponente de una verdadera internalización del problema ("internalización de los costos", dirían los economistas del medio ambiente).
Si admitimos que los residuos son una consecuencia del modelo de vida, y éste lo es, a su vez, de una cierta mentalidad, tendremos que buscar los desechos que pueda haber en nuestras conciencias. Y los hallaremos, que no quepa duda, en forma de actitudes egoístas, no solidarias, irresponsables y otras que no son sino expresión de contravalores que empiezan por la misma letra.
"No" a la alfombra de la conformidad
De nada sirve reciclar los materiales si lo inmaterial permanece un año más bajo la alfombra de la conformidad. Así no mejoraremos nuestro entorno.
Pero, ¨de qué "entorno" hablamos? El entorno es donde estamos, y no sólo físicamente; a cada cual corresponde determinar dónde está con su cuerpo y con su espíritu, con su imaginación. Obviamente, las personas adultas estamos un poco más lejos que los jóvenes y niños, pues aunque nos movamos por los mismos caminos y recorramos lugares idénticos, nuestras preocupaciones y conocimientos van más lejos. Por eso los adultos tienen siempre una responsabilidad mayor en los problemas.
Un cuento anglosajón...para pensar
La naturaleza es generosa. Hay un bonito cuento anglosajón que narra la historia de un niño y un árbol. Cómo el niño se va haciendo mayor y va pidiendo al árbol cada vez más cosas: que sea un columpio, que le dé frutas, madera para hacer su casa... El árbol es siempre feliz de poder dar cosas al niño, que va creciendo mientras él va mermando. Al final, el árbol queda reducido a un tronco bajito, talado; el niño es ya un anciano y muere sentado en el tronco... Y el árbol es feliz de servirle de último asiento, aunque ya no pueda crecer ni reproducirse más.
No pidamos a la naturaleza más de lo que nos puede dar, pues todo en ella, salvo su generosidad, es finito.
(*) Por Alberto Pardo, Biólogo y especialista en Educación Medioambiental; Master en Educación Ambiental.   (C) Medio Ambiente Muface - CERIDE