Por millones de años, desde que apareció la vida sobre la Tierra, ésta floreció, se multiplicó y diversificó, desarrollándose un ecosistema planetario cada vez más complejo e interesante. Con la aparición del hombre se incorporó un nuevo miembro al navío "Tierra". En sus comienzos lo hizo como un tripulante más, pero luego, y a un ritmo vertiginoso, pasó a ser piloto y conductor.
Es así como, hoy, la compleja estructura de la sociedad humana determina que el éxito, e, incluso, la supervivencia del individuo, del grupo y aun de la humanidad, puede depender -en un sentido real- de su capacidad de percibir y reaccionar adecuadamente no sólo frente a factores físico-químicos sino también a factores de muy distinta naturaleza. La evolución socio-cultural en la especie humana y el desarrollo de la organización de la vida más allá del punto a que le había llevado la evolución biológica, continuó abriendo nuevos horizontes y generando mayores grados de libertad hacia el futuro. Sabido es que, en la búsqueda por obtener condiciones para la vida, el hombre ha multiplicado su capacidad de controlar a la naturaleza, de transformarla y artificializarla. Pero es evidente que el acelerado ritmo de las transformaciones no ha sido acompañado por una necesaria comprensión de las leyes y procesos biológicos.
La especie humana, desde sus orígenes como un tripulante más del "navío Tierra", ha pasado a ser el piloto que lo conduce en su propio beneficio y, si bien ha logrado grandes avances en la producción de bienes materiales y culturales, tiene el desgraciado honor de ser la especie capaz de autodestruirse, sea a través de un holocausto nuclear o bien a través de la degradación de los ambientes naturales. Nadie ignora los problemas del deterioro ambiental, tales como la contaminación, cambio global, destrucción de la biodiversidad, y, sin embargo, pareciera que todo se agota en actos declamatorios con tenues actitudes de solidaridad y cooperación a nivel internacional, siendo el afán de lucro, las tecnologías inapropiadas y la ignorancia las causas que se anteponen a las decisiones responsables y urgentes que la hora impone.
Nuestro planeta, como mosaico de ecosistemas, no conoce de fronteras jurisdiccionales y administrativas creadas por el hombre. De allí la necesidad de un planteo de estrategias que se correspondan entre el marco de las percepciones ecológicas y las decisiones políticas. Del entendimiento de lo antes dicho depende, y dependerá, la calidad de vida de forma ecológicamente sostenida.
Por todo lo expresado, y tal como lo señala la Asociación Argentina de Ecología (AAE), la preservación de la calidad ambiental no es un lujo sino un requisito fundamental de todas las sociedades para el mejoramiento de la calidad de vida. El desarrollo humano y la conservación del medio no son objetivos incompatibles sino complementarios, y los ecosistemas naturales son patrimonio de la sociedad en tanto que las políticas nacionales deben incluir la dimensión ambiental y promover la armonización, integración y complementación entre las zonas ecológicas del país.
Por su parte, las políticas internacionales sobre manejo y conservación de los recursos naturales y ecosistemas compartidos deben tender a la armonización de objetivos y a una integración dentro del marco de las autonomías nacionales.
Si estas premisas se alcanzan, se asegurarán -como lo señala la AAE- objetivos muy importantes tales como el mantenimiento de los procesos ecológicos y los sistemas de soporte vitales, como la regeneración y protección de los suelos, el reciclado de nutrientes, la purificación de las aguas, la regulación de la composición atmosférica. Asimismo, permitirá el aprovechamiento sostenido de las especies y los ecosistemas, preservará la diversidad genética y, desde luego, la satisfacción de las necesidades estéticas y de esparcimiento.
De la enumeración precedente es, sin dudas, la "Biodiversidad" sobre la que se ha tomado conciencia del creciente impacto negativo de la actividad del hombre, provocando temor de que la pérdida de especies y la variabilidad genética puedan conducir a una alteración importante en la estabilidad y funcionamiento global de los sistemas naturales. Tal como lo señala Solbrig (**), las crecientes presiones demográficas, económicas y políticas, que juegan un papel clave en el marco del compromiso actual de la humanidad, exigen garantizar el desarrollo humano preservando la diversidad de lo viviente y su funcionamiento perdurable.
(*) Escribe: Adolfo H. Beltzer, investigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET). Instituto Nacional de Limnología (INALI- CONICET), José Maciá 1933 (3016) Santo Tomé (Santa Fe).
(**) Destacado investigador argentino, actualmente profesor de Biología Evolutiva en la Universidad de Harvard, EE.UU. de Norteamérica.